El único temor verdadero es que nos arrebaten la libertad, esa libertad que nos hemos esforzado tanto en obtener, que forjamos todos los días con nuestras manos decidiendo, buscando, conociendo a pedacitos el mundo.
Tanto tiempo hemos buscado liberar nuestras mentes, desatar nuestras manos y darle a nuestros pasos la velocidad deseada y por fin sentimos esa paz, todos esos golpes ciegos, las caídas y recuperaciones lentas, las heridas y cicatrices nos ponen ahora en este lugar con un corazón libre y una mente abierta, una mirada aguda y una piel inquebrantable. Todo esto lo hemos logrado con nuestras propias manos, sobre nuestros propios pies, antes tambaleantes, pero cada vez más firmes y seguros.
Romper cadenas que pensábamos imposibles ha sido posible, no negamos el dolor que conlleva este proceso. Hemos hasta retado imprudentes al destino y descendimos en picada desde una soberbia incrédula a una miseria injustificada, sintiendo con pasión las etapas intermedias y aprendiendo de ellas, que sí, la vida da muchas vueltas ¡pero cómo nos reíamos antes de estas palabras trilladas! Y con todo, encontramos nuestro sitio, no en el mundo porque ahí nunca lo tendremos, sino en nosotros mismos.
Que las ideas vuelen, déjalas, porque es la distancia de su vuelo lo que alimenta el alma, las visiones de su viaje el funcionar de la mente.
Que las ideas vuelen, déjalas, porque es la distancia de su vuelo lo que alimenta el alma, las visiones de su viaje el funcionar de la mente.
Llegamos sin tener que arrastrar grilletes, esos los dejamos hace tiempo aventados a la orilla del camino. El único temor ahora es que nos arrebaten lo que hemos logrado, lo único verdaderamente propio.
Ahora que creemos en esta libertad que poseemos no podemos abandonarnos, cuidarla y procurarla es lo que se debe hacer. Y en todo esto vemos enredada la contradicción subyacente que refuerza la voluntad.
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